Cortés Alejandro 2025-02-11T11:44:00.000Z

Tres bicis, tres amigos, tres historias. La historia de un desafío colectivo construido en 300 km

¿Qué impulsa a tres amigos a salir a pedalear y recorrer 300 km? La respuesta puede ser una, varias o la combinación de una respuesta macro y muchas respuestas micro. Lo que se sabe es que a las 3 de la mañana, desde el parador fotográfico Monte, salieron. De Monte a San Clemente.

Tres bicis, tres amigos, tres historias. La historia de un desafío colectivo construido en 300 km

“Qué necesidad”, se escucha en la oscuridad de la madrugada, una célebre frase que ya es característica de todo el grupo de Onda Activa. En el camino se escucharon otras: “nunca más”, “cuánto falta”, “che, ¿les falla el GPS?”, “no podía hacer más calor”, “Dios mío, el viento me debilita”.

Cada pensamiento cruza otros tantos y va dando impulso a cada giro del pedal. La línea del amanecer rojizo marcaba un destino que estaba lejos. Calles de tierra, tierra suelta, piedras y pozos iban definiendo los tramos. El calor agobiante fue el protagonista del siguiente tramo; un poco menos pesado, el asfalto aportaba rapidez, pero sumaba calor.

Vamos por etapas: 12 o 15 km y paramos. Así fue de Belgrano a Pila y de Pila a Castelli, no sin antes destacar la amabilidad del placero de Belgrano, que nos habilitó baños y agua.

Esos kilómetros fueron marcados por señales que nos decían que íbamos por buen camino. En un momento de debate que implicaba sumar 10 km más a la orilla de la ruta con 40 grados a la sombra, un matrimonio nos vio. A pesar de que iban en sentido contrario, se volvieron y dijeron: “¿Quieren agua?”. Esa agua, esa gaseosa helada y el hielo, beneficios de esa buena gente.

Todavía hay mucha buena gente caminando a la par nuestra, y a pesar de que la simpática señora del súper en Belgrano nos dijo: “No hay nada en la ruta”, como en un oasis, al llegar a Pila había un puestito. Atendido por un sonriente lugareño, rompió esa sentencia y nos garantizó la tranquilidad para llegar a Castelli.

El destino estaba cada vez más cerca. Al promediar la tarde, entramos al Camping de Castelli. Cerrábamos una etapa de 160 km.

Al día siguiente, con condiciones climáticas totalmente distintas, emprendimos el segundo tramo de unos 140 km. Tranquilos, a buen ritmo, hasta nos dimos el lujo de compartir un desayuno sin apuros.

Castelli, Sevigne, Dolores. Pedal a pedal, ejercitando también el cicloturismo en su máxima expresión. Entre la adrenalina y los riesgos, los tres avanzábamos por las ondulaciones y los cambios en la contextura del suelo, que nos indicaban que la costa estaba ahí.

¿Por tierra o por ruta? Ese fue el otro gran debate. Si bien prefiero la ruta, la tierra nos garantizaba unos 8 km menos. Con 200 km encima, 8 km son una vida. Por ahí fuimos. Un camino rural visualmente muy interesante que nos sacaría a Conesa, pero que nos presentó en toda su crudeza y fuerza al protagonista de la etapa final de la aventura: el señor viento.

Para los que andan en bicicleta, el viento siempre va en contra, y vaya si estaba en contra. Rulos enormes de tierra avanzaban por la calle como en las películas del oeste. Pero ahí estábamos, y teníamos que llegar.

Acá cobra fuerza el esfuerzo colectivo. La suma de las individualidades buscaba protegernos. Pegado a Diego o a Seba, que cortaban el viento, miraba fijamente la rueda y me imaginaba que tenían escrito en la cubierta San Clemente. Así fue, repitiendo eso permanentemente por kilómetros, buscando aislarme del viento que, en lo personal, me debilita, me anula.

De Conesa a San Clemente, el viento dominó la escena y por momentos nos dominó. En ese tramo se sumó otro cicloturista que venía de La Plata. Los automovilistas daban aliento con bocinazos, sacaban sus manos en señal positiva. El viento dominaba y casi paralizaba nuestras piernas.

Todo el camino estuvo plagado de señales, y el mensaje de un familiar que nos dijo: “Ah, pero ya están, es como ir de Abbott a Monte”. El viento cruzado de más de 20 km/h pareció suavizarse y nos dio el impulso final. Gral. Lavalle y ahí San Clemente.

Lo que podría ser un imposible era para nosotros una realidad. En una zigzagueante ruta interbalnearia, ya caída la noche, la luz a lo lejos del faro nos indicaba que habíamos llegado. Indescriptibles las sensaciones, solo celebrar.

Un patio de artesanos muy bien cuidado, debajo de la galería los tres ciclistas se resguardan del agua y piensan en el impacto de semejante esfuerzo:

“Es la clara división entre la vida cotidiana, propia del capitalismo global en el que vivimos, caracterizado por el estrés, lo vertiginoso, el materialismo y el individualismo llevado a su máximo extremo. Y pedalear 300 km, en los que se ponen en valor las metas compartidas, el esfuerzo colectivo, el naturalismo y el compañerismo elevado a su máxima expresión. Si bien todo afuera nos dice que hay que ser uno, el cicloturismo experimentado de esta manera nos pone como contrapartida que podemos ser todos.

En síntesis, podemos repensarnos como sociedad, construyendo no desde los extremos, sino desde los puntos de encuentro. Tal vez lo que venga sea un poquito mejor.

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El Papa Francisco, con una visión humanista y reformista, ha centrado su pontificado en la misericordia, la justicia social y una Iglesia cercana a los más necesitados. Crítico del capitalismo salvaje y defensor del medio ambiente con Laudato Si’, promueve el diálogo interreligioso, la paz global y una pastoral inclusiva.

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